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domingo, 7 de agosto de 2016

Diócesis de San Cristóbal-Táchira: Homilía de la fiesta del Santo Cristo de La Grita #RSY #VSY


De: DiócesisSC San Cristóbal VE <prensa.diocesissc@gmail.com>
Fecha: 6 de agosto de 2016, 16:34
Asunto: Homilía de la fiesta del Santo Cristo de La Grita (06-08-2016)
Para: Reportero Soy Yo

HOMILIA
FIESTA DEL SANTO CRISTO DE LA GRITA
6 AGOSTO 2016.

Cristo es el rostro de la misericordia del Padre. Desde esta premisa, basada en la Palabra de Dios, hemos venido transitando las sendas del AÑO SANTO EXTRAORDINARIO DE LA MISERICORDIA por invitación del Santo Padre Francisco. En Jesús, podemos ver, más que reflejada, vivida la misericordia del Padre, cuya voluntad salvífica es un designio de amor. Toda la acción realizada por el Redentor es una manifestación de la Misericordia del Padre Dios, refrendada por la Muerte y Resurrección de Cristo. Como todos los años, en este día venimos a reafirmar nuestra fe y nuestro compromiso de cristianos cuales peregrinos ante el Cristo de los Milagros, acá en La Grita, ciudad santuario, Jerusalén del Táchira y de Venezuela. Acudimos a Él y al contemplarlo podemos redescubrir el rostro sereno de la misericordia del Padre.

La Palabra de Dios, como siempre, nos ilumina para hacer de esta celebración y peregrinar una reafirmación de nuestra vida como cristianos, llamados a ser también "misericordiosos como Papá Dios". Al venir hoy –como en todos estos días se ha venido haciendo- no acudimos como turistas de un evento religioso ni como espectadores de una jornada cultural más. Venimos con la fe sembrada en nuestros corazones por nuestros padres y enriquecida por la acción evangelizadora de nuestra Iglesia. Este año, además, podemos conseguir una gracia especial para nuestra vida de creyentes, con la indulgencia plenaria otorgada por el Papa Francisco. Pasamos por la "puerta santa", no por curiosidad o por un mero ejercicio religioso, sino como signo de nuestro compromiso de ser más y mejores creyentes y dispuestos a llenarnos del sentido y de la gracia de lo enseñado por el Maestro cuando nos dijo "Felices los misericordiosos porque alcanzarán misericordia".

Las lecturas recientemente proclamadas y que constituyen el sabroso pan de la Palabra nos recuerdan algunos episodios donde podemos entender el significado del "rostro de la misericordia". En el Éxodo vemos cuando Moisés bajó del Monte con las tablas de la Alianza. El haber podido ver a Yahvé cara a cara, hizo que su faz se convirtiera en luminosa; esto es, radiante. Sus colaboradores más cercanos sintieron miedo de acercarse a él. Moisés tuvo que cubrirse el rostro para no causar desazón entre los suyos y sólo se quitaba el velo que lo cubría cuando hablaba o se encontraba con Yahvé.

Esto cambia de manera radical con Jesucristo. Bien sabemos cómo Él es el Dios humanado, el cual, antes de la encarnación, habitaba en comunión con el Padre. Por eso, mediante su Persona, con sus palabras y acciones, iba dando a conocerlo, así como su designio de salvación. Los evangelios nos narran cómo en algunas oportunidades, tanto sus enseñanzas como sus acciones, motivaban serias interrogantes: "¿Quién es Éste? ¿De dónde vienen sus enseñanzas?" Incluso, de parte de sus adversarios provocaba una fuerte reacción, pues le acusaban de blasfemo, al perdonar o al decir cosas que sólo son de Dios. Lo acusaron y lo llevaron al suplicio: por hacerse pasar cual Hijo de Dios.

Se requería por la fe ir descubriendo el rostro del Padre reflejado en el de Cristo. Poco antes de ir a su Pasión, ante una petición de Felipe, le responde hasta en forma de reclamo:"Hace tanto tiempo que estoy con ustedes ¿y todavía no me conoces Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre ¿Cómo, pues, dices "muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí?"

Por otra parte, al identificarnos con Jesús y ser revestidos de Él por el Bautismo, adquirimos el compromiso de ser sus testigos. Esto significa que "todos nosotros andamos con el rostro descubierto, reflejando como un espejo la Gloria del Señor, y nos vamos transformando en imagen suya y más resplandecientes por la acción del Señor que es espíritu". Por esta misma razón, somos fiel reflejo de la misericordia del Padre, al hacerla brillar desde nuestros rostros, imagen del de Cristo. En nuestro caso, hoy, reflejo de un rostro sereno, cumplidor del designio de salvación, feliz en sus expresiones por haber hecho realidad la gran obra de misericordia del Padre en la Cruz.

Nuestro encuentro eucarístico de hoy, al peregrinar ante el Santo Cristo, permite que su Palabra nos ilumine en nuestra fe. En primer lugar contemplamos el rostro sereno de la misericordia del Padre. Como lo hemos sugerido, está bien delineado en la faz del Santo Cristo de los Milagros. Es el rostro del Siervo sufriente de Yahvé quien ofreció su existencia por la salvación de la humanidad. Éste es el mayor gesto de amor y, por tanto, de la misericordia del Padre, quien mandó a su Hijo para salvar –no para condenar- al mundo. Así se cumple lo enseñado por el mismo Maestro: "Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo para salvarlo".

Sus mejillas muestran los golpes de los torturadores, como también el cumplimiento de una de sus enseñanzas: no dudó en ponerla dos y más veces, sin rencores y sin odios. Sus ojos cerrados hablan de su muerte, con la cual entregó su espíritu en las manos del Padre. Así, sencillamente se confirmaba su doble condición de sacerdote (oferente) y víctima (ofrecida). Su cabeza levemente inclinada hacia abajo, nos indica la intención y objetivo de su entrega en la Cruz: salvar a la humanidad siendo el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Sus labios, entreabiertos, casi a punto de cerrarse, delinean una especie de sonrisa: ésta habla de la misión realizada, por lo que Él mismo minutos antes ha dicho "todo está cumplido".

Es el rostro aparentemente desdibujado del Siervo Sufriente. Rostro que, en su expresión, es todo un discurso del amor misericordioso del Padre. Lo más impresionante será cuando, tres días después, ese mismo rostro, lleno de la vida por la Resurrección, irradiará la gloria del Padre…entonces muchos comprenderán que Dios ha estado inmensamente grande con ellos. Será el rostro del Resucitado, con una mayor sonrisa y con cicatrices que hablan de un dolor redentor, pero desde donde surgen los rayos de un nuevo resplandor. Entonces, Felipe y quienes vendrán después terminarán de ver al Padre. El Hijo glorificado muestra al Dios de la vida y del perdón.

Para entender porqué ese rostro es el de la misericordia del Padre, hemos de recordar cómo Jesús pasó su existencia terrena haciendo el bien. No es una simple manera de hablar. Su bondad superaba los parámetros humanos. Sus acciones y sus dichos nos hacían entender la voluntad del Padre. Por eso, sin discriminar a nadie, supo ir adonde más se le necesitaba: a las ovejas perdidas de Israel a fin de llevarlas al redil seguro; a los más pobres, los abandonados de la sociedad, para brindarles su consuelo; a los pecadores para ofrecerles su mano amiga y reconciliadora, para hacer que la salvación entrara en su casa; a quienes les oían sus enseñanzas para hacerles sentir que sus palabras eran de vida eterna. Sintió alegría con sus hermanos, tristeza por la muerte de su amigo, compasión ante quienes tenían hambre… pero sobre todo, amor hacia todos los seres humanos, sin distinción de ningún tipo, para redimirlos del pecado y hacer que fueran auténticamente libres.

Cristo, desde Belén hasta el Calvario y luego con su Ascensión fue dando a conocer a su Padre, sin velo alguno que le cubriera su rostro. Más bien, con sus obras y sus palabras fue dando a conocer el designio de Papá Dios y, por ende, manifestando su amor misericordioso. Esa fue su vida y su misión en medio de la humanidad.

El artista de la hermosa talla del Santo Cristo –según la leyenda histórica- no pudo hacer el rostro sereno que lo caracteriza; habrían sido unos ángeles quienes lo hicieron. El Dios humanado, sin bien nació de la Virgen María, se encarnó por obra y gracia del Espíritu Santo. Como dice muy bien el profeta, ese Espíritu estuvo siempre con Él y lo ungió para una misión: anunciar el evangelio a los pobres, dar la vista a los ciegos y libertad a los cautivos, abrir un nuevo tiempo de gracia y salvación. Esa fue la hermosa talla del Espíritu en el rostro sereno de Jesús… y sin velo alguno, así fue como mostró la misericordia del Padre Dios.

La misericordia no es un simple sentimiento de lástima para provocar resignación o actitudes sentimentalistas. Es el amor llevado a términos precisos de perdón, de reconciliación, de liberación… La misericordia consiste en buscar el bien de los demás sin pedirle nada a cambo; implica, a la vez, identificarse con quien sufre y con quien contagia esperanza, con quien es necesitado de amor y con quien es compasivo… Misericordia, de parte de Dios en Jesús, es salir al encuentro de los alejados, de los menospreciados, de quienes incluso no crean en Él, para brindarles el calor del abrazo reconfortante del Padre misericordioso de la parábola, o las atenciones cariñosas del buen samaritano, o los brazos abiertos y seguros para cargar la oveja perdida. La misericordia es grande e incluso perdona al enemigo o aquel a quien ofende, como nos lo enseña el Crucificado con sus primeras palabras en la Cruz: "Padre perdónalos porque no saben lo que hacen". 

Fruto de esa misericordia es el maravilloso regalo de habernos convertido en "hijos de Dios". No es cualquier cosa. Como nos enseña San Pedro es "participar en la naturaleza divina, después de rechazar la corrupción y los malos deseos de este mundo" (2Pe  1,4). Esta transformación radical de nuestras existencias nos identifica con Cristo –de allí el nombre de "cristianos"- y nos convierte en sus discípulos misioneros. Al identificarnos con el Señor, todo hemos de hacerlo en su nombre, cuales testigos convincentes del Evangelio. El ser testigos nos hace ser también rostros viviente de Cristo. Como nos lo ha enseñado Pablo, "nosotros andamos con el rostro descubierto, reflejando como un espejo la Gloria del Señor".

El Espíritu Santo, con su fuerza y sus dones, ha sabido tallar en cada uno de nosotros el rostro de Cristo. Como lo hicieron los ángeles de la leyenda del Santo Cristo, asimismo el Consolador lo ha realizado en nosotros mediante el Bautismo y la Confirmación. Y lo ha hecho para que podamos de verdad manifestarlo en medio de la gente, así al ser vistos por los demás, éstos podrán también conocer al Padre Dios, de quien somos hijos.

Somos, pues, reflejo viviente del rostro de la misericordia del Padre. Pero no por tener un maquillaje especial, sino por nuestra forma de vivir y de actuar. En el fondo, nos hemos convertido en una página viva de la Palabra de Dios. Mediante nuestras acciones de amor y de misericordia, damos a conocer la razón y fuente de todo ello: Dios. Es nuestra vocación si queremos ser felices de verdad: ser misericordiosos para obtener misericordia. Y la forma única de hacerlo es con el amor fraterno, identidad propia de todo discípulo de Jesús. Ese amor no tiene barreras ni límites y se manifiesta en las acciones concretas de dar de comer al hambriento, de beber al sediento, de vestir al desnudo, de curar a los enfermos, de perdonar a quien nos ofende… Ese amor no rehúye el compromiso de solidaridad con quienes están necesitados, de sanar los corazones afligidos… Ese amor nos impulsa a salir en búsqueda de los alejados y de los que aún no conocen a Cristo para atraerlos al único redil bajo un único Pastor que es Cristo.

Hoy el mundo está urgentemente necesitado de misericordia. Los cristianos no podemos dejar esto como una tarea para unos cuantos. Todos, desde nuestros hogares y comunidades, hasta nuestras instituciones donde trabajamos o compartimos la vida con otros, desde nuestras parroquias hasta la Iglesia en los confines del mundo… Somos nosotros los llamados por Dios para hacer realidad la misericordia que sana, la misericordia que provoca esperanza, la misericordia que une en vez de discriminar, la misericordia con los más pequeños, pobres y excluidos de la tierra, la misericordia que se acerca a los poderosos para que no opriman sino sean servidores de todos…es urgente la misericordia y los cristianos estamos llamados a ser fuente de donde mane las consecuencias de la misma misericordia hacia la humanidad.

Hoy Venezuela está tremendamente urgida de misericordia. Esta no se conseguirá con falsos mesianismos ni con los mezquinos intereses de grupos con ansia de poder. Esta misericordia se conseguirá con el concurso y la acción decidida de todos los cristianos. La Iglesia debe jugársela en este sentido y sin pedir nada a cambio. La Iglesia somos todos los bautizados; y cada uno, con su propia  responsabilidad, debe hacer sentir cómo la misericordia es capaz de ayudar a superar la crisis que vivimos.

Todos los cristianos, cualquiera sea nuestra condición, en Venezuela –y particularmente en nuestra región- nos debemos presentar como el rostro de la misericordia de Dios… pero no como una cosa pasajera o anecdótica. Ser rostro de Dios misericordioso es hacer realidad el amor de Dios que todo lo puede y transforma. No tenemos excusa.

·       Los cristianos católicos que están en las esferas del poder nacional, regional y municipal, de la tendencia política que sea, deben sentir los clamores del pueblo y atenderlos sin condicionamientos y sin exigencias mezquinas. Ya es hora de ponerse al lado del pueblo y dejar de buscar sus propios intereses. Una muestra de esa misericordia que busca atender los clamores del pueblo es un diálogo eficaz sin condiciones y capaz de mostrar humildad, sentido común y sentido de pertenencia al pueblo.
·       Los cristianos católicos que, lamentablemente, se han dedicado a la corrupción, al "bachaqueo", al contrabando, al narcotráfico, al cobro de vacunas, a la promoción y ejecución del aborto, al acaparamiento y a la especulación, al tráfico de personas y al negocio de la prostitución, a la destrucción del matrimonio y dela familia… están invitados a dejarse lavar por la misericordia de Dios. Es hora de que cambien, se conviertan y se reconcilien con Dios. Son muchos los brazos de pastores dispuestos a recibirlos y ayudarlos a una auténtica reconciliación.
·       Los cristianos católicos que trabajan en las diversas empresas públicas y privadas, desde la educación hasta la más sofisticada de las industrias, también están llamados a ser rostro del Padre misericordioso con la práctica de la solidaridad, de la fraternidad. Por eso, con la conciencia de un trabajo cooperador con la obra Creadora de Dios, fortalezcan las redes de encuentro, de comunión y participación y de un auténtico desarrollo humano y social.
·       Los cristianos católicos que son autoridades militares y policiales deben saber que también son rostro del amor misericordioso del Padre cuando ejercen sus funciones en beneficio y servicio de todo el pueblo, al cual ellos mismos pertenecen. Cumplir con sus deberes de proteger a la población sin distingos y  de asegurar la sana convivencia y la paz social ofrecen una garantía de confianza a la ciudadanía. No olviden que son pueblo, el mismo pueblo urgido de atenciones y al cual pertenecen sus cónyuges, padres, hijos familiares y amigos… el mismo pueblo que hace largas horas de cola para adquirir lo poco que reciben… el mismo pueblo que pide protección ante los delincuentes y violentos. Ustedes deben ser un ejemplo para todos: no caigan más en las tentaciones de autoritarismo, de "matraqueo" ni de autosuficiencia. Sean de verdad imagen de la misericordia de Dios.
·       Los cristianos católicos sacerdotes y religiosas hemos de ser un rostro brillantísimo de la misericordia de Dios. No somos funcionarios ni hemos de pensar en nuestros intereses particulares. Ser imagen de Cristo es serlo como pobres, castos y obedientes, sin pretensiones antievangélicas ni dominados por la "mundanidad espiritual" tan denunciada por el Papa Francisco. Debemos asumir la propuesta del mismo Pontífice y manifestar "el gozo espiritual de ser pueblo". Por eso, en el fiel cumplimiento de nuestra misión evangelizadora, la gente debe sentir nuestra opción preferencial por los pobres y excluidos. No podemos estar alejados ni separados de la gente, ni podemos presentarnos como si fuéramos más que los demás… Si somos configurados a Cristo es para jugárnosla por la gente. Hoy en Venezuela y en nuestra región, esto es necesario e irrenunciable: dejar a un lado el clericalismo para ir al encuentro de todos, no buscar nuestras propias seguridades, sino sentirnos copartícipes de las alegrías y penas, gozos y esperanzas, angustias y problemas de nuestra gente. No hacerlo es traicionar al Maestro quien nos llamó a ser sus servidores. La gente que pide misericordia debe sentir en cada uno de nosotros la seguridad de nuestra entrega generosa como el mismo Señor lo hizo en favor de la humanidad.
·       Los cristianos católicos si de verdad manifestamos el rostro de Dios Padre no podemos ir en contra de su designio amoroso ni de la ley natural. Por eso defendemos como verdad de fe irrenunciable que el matrimonio sólo se puede dar entre un hombre y una mujer. Desde este horizonte proclamamos el evangelio de la vida y de la familia. Lamentablemente inspirados y hasta financiados por transnacionales antivida y antifamilia existen grupos que buscan la aprobación del aborto y del mal llamado matrimonio igualitario en nuestro país basándose en la denominada ideología de género. Se han venido abriendo espacios en ámbitos culturales y legislativos. Un auténtico católico si es miembro de la Iglesia y dice creer en el Dios de la vida, Creador, Redentor y Santificador, no debe prestarse a que se le dé carta de ciudadanía a lo antes expuesto. Hay quienes defienden la antivida y antifamilia apelando a argumentos discutibles, pero sí le exigen a la Iglesia que les apoye en otros campos. Ser rostro misericordioso del Padre y actuar en nombre de Jesucristo conlleva reconocer que la vida, el matrimonio y la familia deben realizarse según el plan de Dios y no trastocándolo ni cambiándolos al son de planteamientos nacidos de ideologías con poco fundamento filosófico y religioso.
·       Los cristianos católicos padres de familia, responsables de servicios, maestros, dirigentes políticos, militares y policías, sacerdotes y religiosas, catequistas y comprometidos en tareas eclesiales, jóvenes y adultos… hemos recibido la llamada de parte de Dios para mostrar su rostro de misericordia con nuestro testimonio viviente del Evangelio. Esa misericordia también tiene que ver con la esperanza, la que edifica y hace crecer. Esa misericordia debe hacernos acercar a los enfermos, a los desprotegidos, a los pobres, a los encarcelados, a los abandonados y a quienes buscan el reino de Dios y su justicia. Por tanto, debemos poner en práctica la Palabra de Dios que nos pide poner todos nuestros esfuerzos, bienes espirituales y materiales en común al servicio de los más necesitados para que nadie pase necesidad alguna. Contraria a la misericordia es la actitud de quienes pretenden  tomar en sus manos los destinos de la vida de otros, desde la naciente en el vientre materno hasta la de los ancianos desprotegidos; la actitud de quienes atentan de diversos modos contra los demás y el bien común a través de injusticias y un desmedido afán de poder y de dinero fácil.
·       Los cristianos católicos, con nuestras acciones de solidaridad, caridad, reconciliación y misericordia, tenemos la obligación de hacer sentir en Venezuela el "gozo espiritual de ser pueblo". Una manifestación concreta de esa misericordia es promover y realizar la vocación del pueblo como sujeto social. El pueblo es quien va a salvar al pueblo, el pueblo nace del mismo corazón de Dios, el pueblo debe construir la paz. No hemos de pensar más en mesianismos ni populismos. Tampoco se debe pensar en propuestas falaces y ocultas detrás de intereses mezquinos y egoístas. Este año de la Misericordia una tremenda oportunidad de gracia que el mismo Señor nos ha dado para renovarnos, cambiar de rumbo y buscar las "cosas de arriba" que nos engrandezcan acá en nuestro caminar por esta tierra de gracia que es Venezuela.

Ante el Cristo del rostro sereno de la misericordia del Padre venimos como peregrinos. El peregrino no es un turista ni un deportista. Es un creyente que hace la opción por tomar la cruz de Cristo y seguirlo. Por tanto, cuales peregrinos acudimos a esta cita anual para reafirmar nuestra vocación de hijos de Dios y discípulos misioneros de Jesús. Ante las urgencias que vivimos en Venezuela debido a la grave crisis que nos golpea, presentarnos ante el Cristo del rostro sereno de la misericordia del Padre es asumir los desafíos de la hora presente: ya es la hora de una transformación profunda que nos lleve a superar las graves dificultades, pero a la vez a edificar las relaciones de hermanos para lograr la paz. Es el momento oportuno para decirle al mundo nuestras propias capacidades para superar las amenazas a la paz social. Es la hora para exigir a nuestra dirigencia política, social, religiosa y económica la atenta escucha de los clamores del pueblo. Es el momento oportuno para ser misericordiosos Papá Dios: para derribar todo muro de división, para superar las diferencias, para pedirles a los dirigentes y gobernantes dejar sus posturas individualistas a fin de tener sentimientos de compasión: mucha gente está pasando hambre, muchas personas se sienten solas y abandonadas, muchos hermanos se sienten defraudados, muchísimos claman por justicia… no olvidemos que en el juicio final no seremos juzgados por nuestras ideas o por las apariencias, sino por nuestro amor, cuando el Padre nos diga tuve hambre y me diste o no me diste de comer…

Dentro de unos momentos, con el pan y el vino nos ofreceremos al Señor. Somos ofrenda viva. Alimentados por el pan eucarístico volveremos a nuestros hogares, comunidades y ocupaciones… pero no podemos regresar como simples devotos de un Cristo alejado de la gente. Regresaremos comprometidos a hacer sentir el peso de la misericordia de Dios a través de nuestros gestos amorosos y de nuestra mayor cercanía y fraternidad con todos. El Santo Cristo de los Milagros sigue confiando en nosotros. En esta hora de Venezuela –hora de la Iglesia- acompañados por la maternal protección de María del Táchira, Nuestra Señora de la Consolación, hagamos sentir de verdad la fuerza renovadora de esa misericordia para bien de todos y gloria de Dios. Amén

+Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal


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